Entonces la belleza está contra nosotros como un cuervísimo hermoso de azul sulfato que escarba nuestras yemas con su pico sediento hasta alcanzar el falso brillo de nuestro tacto, destrozando en cada golpe un matiz, o un sabor, quién sabe si también algún recuerdo. Entonces la belleza no es más que un bípedo cualquiera que se deja engañar por nuestros ojos y cegar por su sed y destroza en busca de ella misma como un perro espumoso que persiguiera su cola solo para devorarse en un proceso circular similar al de la sabiduría o al de la serpiente o la de cualquier trayecto emprendido por el hombre sobre la faz de la tierra. Entonces la belleza no es más que la piedra contra el espejo y cada uno de los rayos que nacen del punto de impacto y el llanto que correría por ellos si fueran ríos de sangre, agua, o leche. Entonces contenido y continente, solida y liquida, bípeda y cuadrúpeda, sedienta y espumosa, hombre y espejo o mujer y piedra, como sea, la belleza está desde este entonces en nuestra contra.
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